jueves, 3 de mayo de 2018

Feminismo, unidad popular y ruptura democrática

Toni Morillas
Mundo Obrero
Una de las claves en la construcción de poder popular ha estado en la autoorganización desde el conflicto del capital con la vida.
El entusiasmo, la euforia, la complicidad, la satisfacción cuando provocábamos la bajada de las persianas del reguero de tiendas del Imperio Inditex o veíamos centenares de delantales colgados en los balcones. El poder. Tomar el espacio público, sin miedo, sintiéndonos protegidas por millones de hermanas en un espacio que habitualmente nos es hostil, sabiéndonos protagonistas de la historia, identificando nuestra fuente colectiva de poder. Evidenciado que nuestros cuerpos precarios ya no pueden más, que vivimos en conflicto permanente, que nuestro único reposo del guerrero posible es el feminismo.
Veníamos lamentándonos de un posible cambio de ciclo, en unos meses en los que el debate territorial lo ha atravesado todo y la conflictividad social se ha expresado de manera fragmentaria y desarticulada. Pues vinieron las feministas a cambiar el marco y a inaugurar una primavera de movilización, en la que feministas y pensionistas andamos tejiendo un proceso confluyente impugnatorio, de desborde y apoyo mutuo. Las conversaciones de bar y de peluquería cambiaron, los representantes de las oligarquías en los parlamentos se vieron obligados a posicionarse sobre una convocatoria de huelga no experimentada antes, en la que inicialmente ni siquiera muchos de nuestros aliados confiaban.
Hemos aprendido que hay margen para seguir haciendo emerger el conflicto, para seguir ensanchando las grietas patriarcales del sistema. Hemos hecho historia. El 8 de Marzo, nos sentíamos parte del hilo violeta de la historia, en una jornada de movilización intergeneracional, en la que las jóvenes nos reconocíamos en las veteranas. El hilo de la lucha de las mujeres que conquistaron los derechos que hoy nos están arrebatando. Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar decían las pancartas. El 8M no ha sido ni una estación de llegada ni una movilización espontánea. Ha sido hito constituyente de un proceso de acumulación, de toma de conciencia para sí, de politización y revolución cultural en marcha al que le han precedido movilizaciones y victorias sociales relevantes: la dimisión de Gallardón, el 8 de marzo de 2017 con unas movilizaciones que ya entonces fueron masivas y constituyeron el germen de la propuesta de huelga, la expresión de la indignación social durante el juicio a la Manada, con el caso de Juana Rivas… Un proceso de acumulación de fuerzas que lo ha cambiado todo: nada volverá a ser igual tras este 8 de marzo.
Habrá momento para las valoraciones y habrán de realizarse en un proceso amplio de evaluación y debate público en el que las mujeres tomen la palabra. Sin embargo, nos aventuramos a apuntar algunos aprendizajes que nos deja el feminismo para continuar la lucha, para seguir afrontando los retos que tenemos por delante con alegría constituyente.
Primer aprendizaje: la sostenibilidad de la vida sintetiza una propuesta alternativa de país
Lejos de eslóganes y discursos de laboratorio, la huelga se ha construido desde las entrañas, desde el suelo pegajoso, desde el conflicto del capital con la vida. La potencia de la Huelga feminista ha residido en la radicalidad de su discurso, en la transversalidad y diversidad de las formas y espacios de lucha en los que se ha desplegado. Hemos criticado en multitud de ocasiones la hegemonía del feminismo liberal y hemos construido desde la práctica concreta una propuesta interseccional que reconoce y nombra las opresiones que nos atraviesan, que señala la articulación de clase y género. Pues bien, aquella hegemonía ha empezado a resquebrajarse. El mensaje movilizador del movimiento feminista cuestiona el capitalismo y el patriarcado y lanza un mensaje que sintetiza una propuesta alternativa de país, que habrá de ser desarrollada.
La sostenibilidad de la vida como propuesta articuladora de la movilización, no solo ha cuestionado el papel atribuido a las mujeres o su situación desigual respecto a los hombres (que no es poco). Ha propuesto una alternativa de ruptura con el contrato social y el contrato sexual: una nueva forma de organizar las relaciones económicas, políticas, sociales y entre sexos, que parte de la constatación de que nuestra explotación, nuestra opresión es estructural y hunde sus raíces más profundas en el capitalismo patriarcal. Por ello nos tildaron de peligrosas, porque hace tambalear los cimientos de su sistema. Porque señala los beneficios que el sistema extrae de nuestro trabajo, porque señala la naturaleza de las violencias que se ejercen sobre nosotras, porque no le duelen prendas a la hora de señalar los privilegios que han obtenido los hombres del mismo durante siglos. Tenemos ahora el reto de consolidar la hegemonía, elaborar propuestas concretas, no bajar la guardia ante los intentos de descafeinar las demandas y capturar la potencia transformadora del feminismo que con total seguridad promoverán los guardianes del orden establecido.
Segundo aprendizaje: es posible y necesario recuperar la huelga como herramienta política
Muchas de las mujeres que participaron del 8M era la primera vez en su vida que secundaban una huelga. Muchas por jóvenes, otras muchas por desempeñar trabajos no remunerados y no haberse sentido interpeladas en convocatorias anteriores que circunscribían su ámbito de convocatoria al laboral. ¿Desde cuándo llevábamos sin ser convocadas y tomar parte de la organización de una huelga? 2012 parece un pasado muy remoto.
El austericidio, la precarización de las condiciones de vida, el miedo y la suspensión de facto del derecho a huelga entre cada vez más amplios sectores de la clase trabajadora, ha provocado que la huelga general estuviera en el cajón de los imposibles y absolutamente fuera de la agenda política y social. Pues bien, las mujeres la hemos puesto en agenda. El feminismo ha recuperado la huelga como herramienta política y lo ha hecho, desde un profundo y participativo ejercicio de creatividad, sorteando los obstáculos y resistencias, innovando en tres dimensiones: 1) una huelga política e ideológica, que se ha desplegado más allá de lo laboral, visibilizando trabajos desvalorizados por el sistema y poniendo en el centro la contradicción capitalista de la reproducción social; 2) una huelga en la que el sujeto político hemos sido las mujeres; 3) una huelga convocada por el Movimiento Feminista, desde abajo, tejiendo alianzas en todos los frentes, con la construcción de unidad popular como estrategia.
El feminismo nos ha enseñado que aun en tiempos de máxima precariedad, es posible organizar una huelga general. Nos ha lanzado una invitación a repensar los límites de lo posible y a experimentar nuevas formas de huelga inclusivas por empoderadoras.
Tercer aprendizaje: la construcción de unidad popular ha de sustentarse en procesos radicalmente democráticos en los que el feminismo sea eje vertebrador
Cuando la estudiante, la vecina, las madres del AMPA o las abuelas que vienen del año el hambre y que con sus raquíticas pensiones sostienen la vida de sus familias, se pegan semanas conspirando, quedando en manada para acudir al 8M, es que el desborde popular ya se ha producido. Cuando aparecen un montón de hombres que se interesan por cuál ha de ser su papel en esta huelga, y otros tantos que no se atreven a expresar públicamente que no son feministas, es que el proceso ha alcanzado unos niveles de contagio y legitimación social que nos permiten afirmar, tal y como señala Rosa Cobo, que estamos ante la 4ª ola del feminismo. Una cuarta ola fraguada a nivel internacional, en la que el movimiento en España está jugando un papel vanguardista.
Una de las claves en la construcción de poder popular ha estado en la autoorganización desde el conflicto del capital con la vida. La organización en primera persona desde espacios no mixtos en los que las mujeres nos hemos reconocido, hemos identificado lo que nos duele y nos une y construido una propuesta de acción política común con un mensaje claro: un modelo económico y social que nos mata, agrede, cosifica, explota, precariza y oprime, es insostenible con la reproducción de una vida digna de ser vivida.
La radicalidad democrática de un proceso que ha evidenciado de nuevo la crisis de mediaciones y de las estructuras de representación, creando redes horizontales de activistas que se multiplicaban y desplegaban de manera incontrolada. Creando una maraña de feminismo, que ha vencido la frontera de lo doméstico haciéndose presente en la cotidianeidad de la vida de este país, pariendo un fenómeno social que ha tenido su base de operaciones en las centenares de asambleas feministas unitarias, urbanas y rurales, que se han constituido como dispositivos de poder popular y feminista. Espacios no exentos de contradicciones que han dado ejemplo sobre cómo ha de construirse un movimiento político, social y cultural radicalmente democrático, que ponga las condiciones materiales de existencia en el centro del debate político. Esto nos sitúa ante un reto mayúsculo: seguir tejiendo la unidad desde el conflicto del capital con la vida, integrar el feminismo en nuestra práctica política cotidiana, seguir haciendo Historia.
Publicado en el Nº 315 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo abril 2018

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