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lunes, 20 de abril de 2015

En el 52 Aniversario del asesinato de Julián Grimau. Verdad, Justicia y Reparación

“Me llamo Julián Grimau, soy miembro del Comité Central del PCE y me encuentro en España cumpliendo una misión de mi partido”.
Con estas palabras el camarada Julián responde una y otra vez a las terribles torturas que estaba padeciendo. Mientras un policía- médico, llamado Vicente, con un puño de hierro golpea fuerte y le hunde una parte de su frente. Cuando piensan que lo han matado lo tiran por una ventana de la Dirección General de Seguridad en Madrid. Lo recogen y lo llevan para que lo atiendan los médicos. En el hospital de la prisión de Yeserías ingresa, precisamente donde el tal Vicente, es decir el doctor Sentis, era el jefe de Traumatología.   Hay intentos de asfixiarlo pero Julián está alerta día y noche. En febrero de 1963 es trasladado a la cárcel de Carabanchel donde se le aísla en la enfermería.
Son las últimas semanas de Julián, aquel joven, nacido el 11 de febrero de 1911, en Madrid en el seno de una familia numerosa –son 14 hermanos- oriunda de Segovia de carácter ilustrada y liberal, de la que Julián era el mayor de los varones y que ejercía de padre con sus hermanos, y que tuvo que abandonar los estudios pues la familia no se podía mantener solo con el sueldo del padre por lo que a los 14 años entró a trabajar en la Compañía Iberamericana de Publicaciones, junto a su padre que era gerente y dos hermanas mayores. Esta Compañía envió posteriormente a Julián a La Coruña como subgerente de una librería. Allí aprende gallego e ingresa en la organización republicana y gallegista de Casares Quiroga,  ORGA. En 1934 regresa a Madrid e ingresa en el partido Republicano Federal al que estaba afiliado su padre, hombre de confianza de Martínez Barrios, el que fuera en varias ocasiones presidente de las Cortes republicanas y presidente del Gobierno.
Al estallar la guerra por el levantamiento de fascista de Franco, tanto padre como hijo asumen responsabilidades en defensa de la legalidad republicana. El padre fue presidente de uno de los Tribunales Populares que había en Madrid y Julián Grimau fue propuesto por el Partido Republicano Federal  para ingresar en los Servicios de Seguridad del Estado.
Es precisamente en el Madrid heroico de la guerra civil, en octubre de 1936, decide ingresar en las filas del Partido Comunista y sirve en los organismos de la Seguridad de la República primero en Madrid, después en Valencia y finalmente destinado a Barcelona, a la Brigada de Investigación Criminal.
Con la caída de Cataluña a comienzos de 1939 Julián tuvo que partir al exilio, dejando a la mujer e hijos en Barcelona, y fue a parar al campo de concentración de Argelés-sur-Mer de donde sale en noviembre, ya iniciada la II Guerra Mundial, para embarcar, en el puerto de Burdeos, en el buque Lasalle, hacia Santo  Domingo. Después fue La Habana, septiembre de 1940, donde pasó siete años, colaborando con Vicente Uribe y pedro Checa, y Julián trabajaba con marinos de barcos españoles para montar enlaces con el interior de España.
En 1947 regresó Julián Grimau a Francia, que tras pasar un breve tiempo en Toulouse se traslada a París con la dirección del partido y donde se le hace el responsable  del Servicio de Pasos y documentación, aparato del partido para introducir activistas, prensa y materiales necesarios para la acción clandestina, trabajando con Domingo Malagón.
En el V Congreso del PCE, celebrado en Praga en 1954, fue elegido miembro del Comité Central. Tres años después comienza Julián a pasar clandestinamente a España, primero a Barcelona, después a Sevilla hasta que acabó asentándose en Madrid junto Francisco Romero Marín y Semprún, y tras la retirada de este último toma la dirección del partido en el interior, mientras Francisco Romero lo hace de Castilla y de los contactos con profesionales e intelectuales. Allí tras la caída de Simón Sánchez Montero se responsabiliza del aparato clandestino del Partido en Madrid, era 1959, responsabilizándose de difundir y animar la nueva política de Reconciliación Nacional.
En 1962 se producen numerosos conflictos obreros, en Asturias, Cataluña, Madrid, Puertollano, etc. El Gobierno de la dictadura trataba de parar por todos los medios estas acciones, aumentando las detenciones, hubo 2438, y deportaciones tanto de trabajadores como de intelectuales. Es precisamente en este ambiente de lucha antifascista que, un triste 7 de noviembre, cuando tenía que entrevistarse con dos jóvenes camarada en la plaza de Roma (Manuel Becerra) de Madrid, uno de ellos Víctor Díaz Cardiel que se habían hecho con una multicopista y después tenía que reunirse con quién le suministraba material para la multicopista, un vigilante de un almacén de papel, que además tenía un negocio de alquiler de bicicletas cerca del Retiro. Fue detenido en el autobús que iba desde la plaza Manuel Becerra a la glorieta de Cuatro Caminos.
Julián Grimau es detenido y conducido a la terrible DGS, al frente del cual estaba Carlos Arias Navarro “Carnicerito de Málaga” donde le esperaban torturas terribles.  El 18 de abril comenzaba la pantomima de juicio que era el Consejo de Guerra Sumarísimo, la Sala estaba llena de familiares de presos políticos y los abogados del partido. Grimau iba vestido con traje y corbata azul con la camisa blanca, y le imputaban cargos correspondientes a la guerra civil, el haber sido policía rojo y ser militante del PCE.
Grimau con voz firme contesta a las acusaciones del fiscal: “Desde los 14 años, no he hecho otra cosa que trabajar sin descanso. Actué a las órdenes del Gobierno de la república, el único para mí legítimo. Viví en España pobre y salí más pobre todavía… Nunca he matado ni torturado a nadie”.
Cuando el fiscal pidió la pena de muerte en su alegato, el presidente del tribunal le dijo a Grimau si tenía algo que alegar. Grimau con voz suave y firme dijo: “Soy comunista y continuaré siéndolo toda mi vida. Actuaré como comunista cada vez que tenga oportunidad de hecerlo” y cuando intentaba hablar de lo que estaba haciendo en España, hablar de la Reconciliación Nacional,.., lo mandaron callar.
Cuando a Julián Grimau la misma tarde del 18 de abril escucha la sentencia de pena de muerte por rebelión militar, permanece impasible. Mientras tanto por todo el mundo se suceden las noticias de su condena a muerte y se celebran manifestaciones por toda Europa y numerosos gobiernos interceden por la vida de Grimau, hasta el papa Juan XXIII.
El miserable de Manuel Fraga a la salida del Consejo de Ministros que ratificaba la sentencia criminal contra el camarada Grimau declara: “Dados los crímenes cometidos por Grimau, no hay que esperar que el derecho de gracia se ejerza en su favor”, añadiendo que Grimau era un personaje “clave” de la represión durante la guerra civil, era “un torturador profesional”.
En capilla Grimau rechazó los servicios del capellán de la prisión y escribió su última carta a su familia, a su compañera e hijas. Después una camioneta fuertemente escoltada llevaba a Grimau al campo de tiro de Carabanchel, cerca de la cárcel, y cuando llegaron tres camiones formaron un semicírculo con sus faros. Bajó Grimau, esposado y le ataron las piernas con un cinturón. Alguien intentó vendarle los ojos y él se negó. Enseguida sonaron las descargas. Era la madrugada del 20 de abril de 1963 Julián Grimau caía fusilado.
Grimau, como otros miles de nuestros camaradas por toda la geografía de España, decidió luchar a favor de la libertad, la democracia y el Socialismo en nuestro país y pagó con su vida el empeño. Es precisamente esa exigencia de definirse  como comunista, hasta mancharse en el combate diario, abnegado, inmensamente pleno de dignidad lo que hicieron que los esbirros de la dictadura lo asesinaran. Hay quienes creen que en la indefinición, como otros hicieron con el olvido, está la base de la construcción de un mejor porvenir. Sin embargo, nosotros/as, el PCE, en nuestro Grimau, así como en el inmenso dolor de todas las víctimas del franquismo, encontramos la base ética y moral de la lucha por una nueva realidad para nuestro pueblo, aquí y ahora.
Es por ello que exigimos, y exigiremos siempre, como para todas y todos aquellos antifranquistas, el reconociendo social y político que por justicia debe acometer un estado de derecho real, anulando la sentencia, todas las sentencias, de los que lucharon por la vuelta a la libertad y decididas por unos procesos cuanto menos ilegales y fuera de derecho.
Hoy nuestro Partido en Madrid, como todos los años realizó un sencillo acto en el Cementerio Civil de Madrid para rendir homenaje a tan heroica figura, ejemplo de revolucionario y de comunista. Nuestro PCE y la Agrupación que lleva su nombre en Málaga nunca lo olvidaran y seguirán por siempre su espíritu de lucha y entrega a la causa por la República y el Socialismo, a favor de la liberación de la Humanidad de todo tipos de opresiones y explotaciones. 

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